¿QUÉ PELÍCULA SOY?

The Wailling, la última película del director surcoreano Na Hong-jin, estrenada fuera de la Competencia Oficial en Cannes, y ganadora del premio Focus Asia en Sitges 2016, es un extraño y potente relato, al que le interesa más dejarnos poseídxs por preguntas e incertidumbres, que exorcizarnos con respuestas claras y precisas.

La imagen apacible de un arroyo entre las montañas, mucho cielo, mucha naturaleza, mucha calma. La postal solo es interrumpida por un hombre, colocando una carnada, dispuesto a pescar. Lo que sigue, es la imagen de una niña durmiendo en su habitación, mientras una llamada telefónica irrumpe la quietud de su sueño. La llamada es para su papá, Jong-goo, un oficial de policía del pueblo de Goksung, y anuncia una muerte que acaba de ocurrir en el pueblo. La escena del crimen, bajo una lluvia torrencial, está sucia, llena de barro, de sangre, y es sumamente confusa, sobre todo para Jong-goo, que no disimula su asombro mientras observa la escena, tratando de averiguar qué está sucediendo. El prólogo de The Wailling es una muestra breve pero fiel de lo que seguirá a continuación.  La calma, interrumpida por “extraños acontecimientos”. La confusión, la búsqueda de respuestas. Y después, la adversidad, en la inmensidad del paisaje. Como si las respuestas simplemente se fugaran y se perdieran allá afuera.

Los extraños sucesos, coinciden con la llegada al pueblo de un anciano japonés, que, según “el chisme que corre en el pueblo”, está ligado a todas éstas muertes. Y no son sólo las muertes. Los extraños comportamientos que anteceden a estos asesinatos a sangre fría, hacen sospechar que quienes los cometen, están poseídxs por alguna extraña fuerza demoníaca. Bien, éste es el panorama al que deberá enfrentarse un escéptico oficial de policía como lo es Jong-goo. Que comenzará echándole la culpa a la ingesta de hongos alucinógenos, pero que poco a poco irá ampliando los límites de sus creencias y sus convicciones. Descubrirá que las respuestas que busca, se encuentran fuera de ese limitado marco de racionalidad y escepticismo. Jong-goo no solamente es incrédulo, también es un poco tonto. De hecho, lxs policías que conforman el reducido y pequeño cuerpo policial de Goksung son incompetentes, un rasgo característico de las fuerzas policiales del cine de Na Hong-jin, y que nos recuerda también a otros policías tan, o más incompetentes: lxs que tratan de resolver el caso de “Memories of Murders”, de Bong-Jong-Ho. Parece que la policía en Corea goza de algunos rasgos comunes.

Con características propias del cine policial y el thriller detectivesco, la película comienza a estructurarse lenta pero sólida ante nosotros. Un pequeño pueblo, misteriosas muertes sin resolver, policías buscando pistas. Parece que todo sigue un curso reconocible. Pero sin embargo, nuestras sospechas en torno a la historia son tan evidentes como las dudas de lxs policías frente al caso. Algunas pistas no nos cierran, al menos no por ese lado. Algo no le cierra a nadie. Cada vez llueve más. Cada vez nos empantanamos más. Entonces la confusión se convierte en desesperación. Porque ahora, la que comienza a comportarse extraño, no es cualquier habitante del pueblo, es Hyo-jin, la hija de nuestro protagonista. ¿Está enferma? ¿Realmente está poseída? ¿¡QUÉ CARAJOS LE ESTÁ PASANDO A MI HIJA!?. La situación comienza a volverse asfixiante para Jong-goo. La película comienza a volverse asfixiante para nosotros. Las explicaciones “racionales” ya no son suficientes, hay que llamar a un chamán. Si esto se trata realmente de un fenómeno espiritual, entonces comenzaremos a buscar respuestas ahí. Comenzaremos a creer. Comenzaremos a desconfiar de todo lo que conocemos y sabemos. Comenzaremos a desconfiar de todo, Y DE TODXS.

En su tercera película, estrenada en el año 2016, el director Na Hong-jin nos enfrenta a las mismas preguntas sin respuestas que seguramente lo aquejaron a él, en ese momento de su vida. En un muy breve lapso de tiempo, le tocó sufrir la muerte de varixs familiares y personas cercanas, que lo embarcó en una búsqueda por tratar de conseguir alguna respuesta que ordenara o explicara lo que estaba atravesando. Entrevistó a varixs líderes de diversas religiones, para conocer su visión acerca de la muerte, y todo lo que rodea a este fenómeno, con tantas miradas pero sin ninguna respuesta. No sabemos si consiguió aplacar mucha de sus dudas, pero sí las desparramó sobre el pueblo de Goksung.

The Wailing no es una película en la que la posesión demoníaca sea el principal “problema” a resolver, (por más que sí lo sea para su protagonista). Tampoco es ese fenómeno último, resultado final de acciones y momentos anteriores.  En The Wailing, la posesión demoníaca es el vehículo sobre el que Na Hong-jin deposita su principal preocupación: la falta de comprensión de lo que nos es ajeno, el miedo ante lo desconocido, la desesperación ante la falta de respuestas, y el resultado de nuestras acciones cuando derivan de esa combinación.

Un espíritu maligno va poseyendo a distintxs habitantes del pueblo de Goksung. Lo hace con resultados concretos, materializados en la historia, reconocibles, propios de una posesión. Una fuerza desmedida de quien está poseídx, ataques de ira, arranques de violencia, y un cuerpo retorciéndose de dolor y sufrimiento, mientras funciona como campo de  batalla de una confrontación espiritual en su interior. No quedan dudas de que estamos ante una posesión demoníaca, la película no es ambigua ni busca generar duda alguna en ese sentido. La posesión es real, el espíritu maligno deambulando de cuerpo en cuerpo también. Lo interesante es pensar en otra posesión, igual de presente e importante en la película, pero con características menos tangibles y reconocibles que la posesión demoníaca. Ahí donde el espíritu maligno se adueña de un cuerpo, la desconfianza y el miedo, se adueñan también de todxs aquellxs que se encuentran cerca. Y para esa posesión, la película no encuentra ni propone manera alguna de exorcizarla. Pero la pone ante nosotrxs, que para ese entonces, también estamos poseídxs por la misma desconfianza que experimentan sus personajes. La desconfianza de lo que ya conocemos, más el miedo ante lo desconocido, ante lo “extraño”, no retuerce ningún cuerpo con espasmos insoportables, pero arde y quema como una fuerza siempre presente, que no nos deja en paz, y nos lleva a tomar decisiones con consecuencias que quizás sean más peligrosas y destructivas, que las consecuencias de la otra posesión.

No esperen que The Wailing sea un espectáculo morboso  de sufrimiento en primer plano de una persona poseída y atormentada. Tampoco esperen la utilización tendenciosa propia de una cultura occidental católica, que nos atormenta con la idea de la posesión, como una especie de castigo que podemos llegar a sufrir si llevamos una vida “desviada”, propensa a dejar entrar cuanto bicho pase cerca. Pero ante todo, y creo que este es el “espíritu” de la película, no esperen respuestas concretas y definitivas de lo que sucede.

 


Si en el tramo anterior de su recorrido fílmico, -“The Chaser” (2008), y “The Yellow Sea” (2010)-, Na Hong-jin enfrentaba sus personajes a desafíos que representaban un peligro cada vez mayor, en su tercer film, lxs enfrenta contra el mismísimo demonio. Los pone cara a cara ante “el Mal”, ya no camuflado, mimetizado y materializado en la condición humana y sus acciones, sino como una fuerza mayor, absoluta, que tiene su propia entidad, su propia sustancia. El Mal aparece, en esta película de Na Hong-jin, en un estado de mayor pureza. Tal es la fuerza y el alcance de esta “naturaleza”, que se siente como si también pudiese poseer a la película misma, y el film funcionara como “cuerpo”, como el envase físico para la materialización de la entidad espiritual. Un cuerpo en calma, reconocible en su primer tramo, que comienza a actuar extraño luego de su encuentro con el espíritu maligno. Podemos ver como comienza a perder la calma, como se empieza a retorcer de a poco, con algunos espasmos, (la escena de la aparición de la mujer fuera de la comisaría quizás sea el primero de ellos). La vemos moverse cada vez con más fuerza, con más brusquedad, hasta que termina sangrando y vomitando sobre el barro. Un barro que se vuelve constante, por las incesantes lluvias tropicales del lugar, y que se va llenando de cadáveres mientras avanza la película.

El film se retuerce, y en este movimiento, se va liberando de los géneros con los que intentamos sujetarlo. Con los que tratamos de “contenerlo”, para sentir que lo comprendemos, que ya no se nos escapa. Para recuperar la calma. De la misma manera que vemos a Jong-Goo abrazar a su hija en el hospital. Pero la película se vuelve a retorcer, se vuelve a liberar, y se sigue moviendo entre géneros, con la misma velocidad con la que la desconfianza y la sospecha se mueven entre lxs personajes. Del anciano japonés a la mujer de blanco, de la mujer de blanco al chaman, del chamán al anciano japonés, incluso a cualquier habitante del pueblo. La sospecha, el miedo y la desconfianza van cambiando de sujeto. Mientras, la nena continúa poseída y nadie parece poder liberarla. Del thriller policial al terror rural, del terror rural al terror fantástico, del fantástico al zombie, del zombie al drama familiar. La película continúa poseída, saltando de género en género. Cuando creemos que ya conocemos a unx de sus personajes, la película se sacude, y de repente es nuestrx principal sospechosx. Ya no estamos seguros ante qué nos encontramos. Mientras tanto, Jong-goo sigue buscando respuestas en la historia, igual que nosotrxs en la película.

Las respuestas, sin embargo, muchas veces se nos escapan, y se pierden en la inmensidad. Esa inmensidad del paisaje que la película tanto insiste en mostrarnos. Pero nada nos impide seguir buscando. Nada nos impide prometer, de la misma manera que lo hace Jong-goo, que intentaremos averiguarlo todo